lunes, 8 de diciembre de 2014

Te libero de mí, de mis males, de mi malgenio, de los domingos por la tarde en donde nunca puedo más, del odio a mis cumpleaños, de no saber cómo hacer para regalarte algo que no pierdas. 
Te libero de mi desengaño, de tu karma, de mis novedades, de la contradicción que represento.
Te libero de mis llamadas que te saben a autocompasión, de mis enredos, de mi cabello suelto, largo, sin peinar. 
Te libero de mi consciencia, del desconcierto a fin de mes, de la caída, de la llegada, de mi huida inevitable.
Te dejo libre para que me dejes, para que me veas de lejos y me quieras, menos.

Very Hard.


Te cansas.


Y llega un momento en que te cansas. Te cansas de esperar, de estar siempre para todos, pero nadie este para ti. Te cansas de mentirte creyendo que las cosas cambiaran. Te cansas de las decepciones, de las mentiras, de llorar, de fingir, de las promesas, de todo. Te cansas de siempre decirte a ti mismo "esta bien" cuando no es así. Te cansas. Y lo peor es que nunca nadie se da cuenta de cómo eso te hace sentir. 



Tengo la teoría de que cuando uno llora, nunca llora por lo que llora, sino por todas las cosas por las que no lloró en su debido momento.

Leer enferma. Por Diego Aristizabal.

Siempre he creído que leer es un problema, un problema que, además, no tiene cura.
Si alguien se contagia, pobre, está jodido, porque desde ese mismo instante lo único que querrá hacer el resto de la vida será leer y leer. Muchos dicen que no leen porque no les queda tiempo, porque tienen un montón de cosas más importantes que hacer, y eso está bien, estas personas están a salvo, no tienen que preocuparse de esta penosa enfermedad, tal vez la única, que hace que pasar largas horas en la cama, en la banca de un parque, en una sala de espera o en el tranvía, como hacía García Márquez, sea de lo más agradable.
Los síntomas comienzan con un fugaz pensamiento: “Una paginita más”, “termino este capítulo y me acuesto” hasta que sin querer se termina el libro de la noche a la mañana, literalmente, y el pobre reposa palpitante en el nochero, en el piso, en una punta de la almohada como si fuera el más enamorado de los enamorados. Luego, una fiebre eufórica, una emoción extraña sugieren que empiece de inmediato otra aventura. Llegado a ese punto no hay nada que hacer. Las historias se sucederán una a una hasta que esta alma perdida crea que no podrá parar de leer el resto de la vida.
La cosa empeora con el tiempo cuando los contagiados no pueden pasar una semana, qué digo una semana, un día, sin mirar, así sea de reojo, la vitrina de una librería; qué digo una vitrina, la librería completa y comprarán eventualmente; qué digo eventualmente, cada que puedan, incluso cuando no puedan, uno que otro librito; qué digo librito, un arsenal de libros como si no comprarlos fuera terrible para este fabuloso malestar eterno.
Hasta el momento, para esta enfermedad no se ha detectado ninguna cura. Según cifras, no del Ministerio de Salud sino del Dane, al 73,5% de los niños entre 5 y 12 años les gusta que les lean en voz alta, síntoma al cual hay que prestarle mucho cuidado porque es ahí donde se incuba el maligno bicho de la lectura. Por fortuna, según expertos, más del 50% de los “responsables” padres no lo hacen con niños entre estas edades porque saben muy bien lo que puede pasar con sus pobres e inocentes criaturas. A esto hay que agregarle que gracias al efectivo sistema de salud, perdón, al empeño preventivo de los colombianos, muchos son inmunes a la lectura, apenas leen, en promedio, menos de dos libros al año. Esto habla muy bien de este país que prefiere enfermarse de otras cosas.
Justo hoy he recordado a Pamuk quien escribió en “El autor implícito” que todos los días necesita ocuparse de la literatura para ser feliz. Como esos enfermos que tienen que tomar cada día una cucharada de su medicamento para seguir vivos. “La literatura me es tan necesaria como una medicina”, dice.
Creo que fue Lin Yutang, otra víctima de la lectura, quien murió inocentemente creyendo que cuando se miraba en el espejo, y no había leído nada, se veía extraño, sin gracia; pobre hombre, nunca supo que el espejo estaba hecho para otras cosas. ¿Se dan cuenta de las cosas tan raras que puede generar este mal incurable?
En fin, ya estoy delirando. Me duele la cabeza y cierta ansiedad me tiene palpitando el corazón. Se me hace tarde, es la hora exacta de la medicina. Voy por agua, por una taza de café sin azúcar. Me acomodo bien en la silla para que entre mejor esta droga que he cambiado una y otra vez irresponsablemente por diversas recomendaciones, incluso me he automedicado. Abro bien los ojos y empiezo a tragarme estas 152 páginas que ayer me prescribió un brujo librero. ¿Me aliviaré? No creo, me volví adicto a esta vaina y no tengo ganas de curarme.